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Franklin Antezana Zbinden, una visita muy especial

24 enero 2013

 

En nosotros está la posibilidad de devolver el significado positivo a la palabra empresario

Solo los empresarios serán capaces de vaciar la palabra empresario de las acepciones que  desvirtúan lo que debiera ser la verdadera definición y devolverle adjetivos positivos. Nadie va a hacerlo por ellos. Nadie.

La crisis profunda que atraviesa nuestra sociedad está llena de culpables y de culpas pero descubrirlas no sirve para nada si no se va a emprender un cambio (para los chinos, la palabra cambio y la palabra crisis son sinónimas).  Siempre es un buen día para decir que hoy es el día de empezar.

El domingo 13 de enero Franklin Antezana Zbinden llegó a la terminal de autobuses de Pamplona. Venía de Madrid. Pero antes venía de Oporto. Y antes de Bilbao. Y antes, mucho antes, de Bolivia. Un sms me confirmaba que estaba en el hotel al que a la mañana siguiente iría a buscarle para dar comienzo a dos jornadas de trabajo.

A día de hoy todavía no sé por qué Franklin se puso en contacto con FSETRUCTURAS. No lo sé porque no lo he preguntado, y no lo he preguntado porque no era necesario. Fer me envió desde México un correo diciendo que había que gestionar el alojamiento de un empresario boliviano que quería conocernos y conocer también a Viguetas Navarras. Gestioné el alojamiento y fui a buscarle el lunes.

Hacía un día de lluvia mezclada con nieve. En el hall del hotel nos reconocimos. Montamos en el coche, fuimos a la oficina y allí todos le dimos la bienvenida.

Esto fue algo extraño. Somos huraños. En FS somos buena gente pero excepto Fer que es más cálido los demás tendemos a la bisoñez emocional. Sin embargo entró Franklin y todos, uno a uno se fueron presentando. En inglés suena más preciso: le fueron introduciendo. También el sector B subió a departir un momento todos juntos.

Con Sergio partimos a Viguetas Navarras. Saludamos a Charo y comenzó la primera reunión entre Franklin, Sergio y Luis Ilundain. Tocaba visita a las fábricas y explicaciones pormenorizadas de la factoría.

Al mediodía me sumé al trío para comer y compartir un tiempo con los tres figuras. Las comidas de trabajo nunca me gustaron y me siguen sin gustar. Ni son trabajo ni son ocio, son un híbrido que no terminan de encajar. Si es un lunes ya ni les cuento. Fue sin embargo agradable, superficial, distendida y clarificadora. Luis habló de pesca, Sergio no lo recuerdo, Franklin de Bolivia. De su país al que había regresado después de ser un ejecutivo en Suiza, luego en Alemania y al final en Qatar.  Su vuelta es la razón por la que vino a España. Esa tarde, me contó José Antonio de Viguetas el miércoles, habían visitado una planta de polespán. No me dijo cuál, si lo supiera os lo contaría.

La mañana del martes, Sergio y Franklin tenían organizadas tres visitas de obras: a una terminada, una en proceso y otra en los inicios. Llovía a cántaros, hacía un frío invernal (de 15 de enero) con lo que al mediodía, calados hasta los huesos, regresaron a la oficina. Cambiaron el programa práctico por una reunión que se alargó hasta casi las dos. Franklin tenía que viajar a Durango ese día. Pamplona-Durango en transporte público es una odisea absurda. De las de necesitar 5 horas para hacer 140 km. Así que nos acercamos a la estación de Vitoria en coche para coger un bus a Durango. Como soy una gran conductora y excesivamente práctica cumplí el horario perfecto. Nos despedimos casi sin darnos cuenta, pero antes, durante el trayecto, aprendí mucho.

Le escribí a Fer para decirle que la visita había sido un éxito. Comercialmente tengo que reconocer que no tengo ni idea. Había sido un éxito porque sirvió para que en FS confirmemos y recuperemos el sentido que debe de tener una empresa. No sucumbir a la fuerza externa ni a los malos ejemplos. Una empresa es sus trabajadores. Franklin me contó -espero que no le moleste que lo cuente- que él quería llevar a Bolivia el concepto de que la empresa es un lugar de trabajo de personas diferentes con responsabilidades diferentes con sueldos diferentes pero con un espacio para todos. Desde el empresario hasta el último trabajador. Aspira a montar sus factorías competitivas, con afán de lucro, pero sostenidas en una empresa justa.

En esos 60 minutos de viaje compartimos un concepto de empresa. De entender que debe ser un sitio en el que se trabaja y en el que se es feliz.  En el que hay empresarios y en el que hay trabajadores, pero todos entienden que la empresa les es propia. Aquello de terminar la jornada y huir del trabajo es un error, es una propaganda que concibe el trabajo como un mal. Por supuesto que la familia, los amigos, el ocio, la diversión, las aficiones… la vida fluye, pero el trabajo no es un impedimento para que fluya feliz. De hecho es un elemento más de esa vida.

Por supuesto que el empresario es el primero que tiene que concebir así la empresa y así la tiene que trasmitir a su equipo. No es fácil mantener este pensamiento y no es fácil ser coherente en esta postura. Se yerra, se cometen fallos, se deja uno comer por lo cotidiano y pospone lo importante amparado en que como se le ha dado la categoría de importante es suficiente. Y no.

Me encantaría traer aquí los pensamientos que compartió Franklin conmigo, pero mi memoria de pez da para lo que da.

Franklin había estado con Koldo Saratxaga.  Os pongo el link por si tenéis curiosidad por conocer a esta persona que en una escala muy pequeña está haciendo cosas importantes. No voy a añadir nada más. Cada cual que descubra hasta allí donde quiera saber.

Y volviendo al principio. El empresario es una persona que emprende una idea. Para llevarla a cabo monta una empresa, que no es sino dotarse de recursos para lograr su objetivo. El objetivo es ganar dinero, ¡claro!, pero lo hace gracias a hacer realidad un proyecto. Los trabajadores formarán parte de ese proyecto y será entonces un proyecto común. Esto no es una utopía. Es sentido común. Son principios y valores. Viva la crisis, si sirve para recuperarlos.