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La tarta de manzana

17 diciembre 2012

 

Una abuelita cocinaba todos los años un pastel de manzana para enviárselo al presidente de su país el día de su cumpleaños

Esto es lo que recuerdo del cuento que leí hace muchos años. De vez en cuando buceo en Internet para lograr dar con el autor o la autora, pero solo recuerdo que es estadounidense, de Nueva Inglaterra y que escribió el relato para homenajear a Eisenhower. De lo primero estoy segura, de lo segundo y tercero, no. También recuerdo que no era importante. Que a pesar de lo que pudiera parecer por mi sinopsis, lo de menos era que enviara un pastel al presidente el día de su cumpleaños. Todo era una excusa para ofrecer una lección de tesón, de compromiso, de escalas y de generosidad.

Hacía muchos días, tantos como 21 desde que escribí el último post publicado. Me molesta profundamente saber que hay quien lee esto movido por la maldad. Ese sentimiento me produce miedo y rechazo. Me duele la nuca -señal unívoca de que algo me aterra- y frunzo el ceño -señal de que me incomoda-. Borré los post que generaron odio y amenazas, pero dejé de escribir. Me había ganado. Yo antes no escribía para él. Ahora tampoco lo hago, aunque sí escribo a pesar de él.

Voy a centrarme en hacer un pastel de manzana. Esto es lo que es este blog y es lo que quiere seguir siendo. Un espacio que acoge la ilusión, el tesón y el compromiso, en ocasiones la generosidad, otras el egoísmo, en una escala pequeñita, el de un pequeño grupo de personas que con dificultad y sapiencia tratan de presentar su trabajo y la vida que tiene que ver con él.

Y si bien la manzana podrida puede pudrir todo el cesto, solo hay que dejar fuera la manzana podrida… y tener mucho cuidado  de que el pirata con pata de palo conocido como John Silver el Largo no se le antoje una. Vale. Este es otro cuento. Mi primer cuento.